I. Introducción
En un artículo anterior, Trump y la doctrina del antes: disuasión, sostuve que una parte creciente de la estrategia estadounidense ya no se estructura en torno a la disuasión clásica —esperar, responder, equilibrar— sino a una lógica distinta: anticipar, cerrar el tablero y reducir el margen de maniobra del adversario antes de que el conflicto estalle.
Desde entonces, una serie de declaraciones, decisiones y movimientos aparentemente inconexos han comenzado a adquirir coherencia. Groenlandia, el Ártico, los aranceles, la presión sobre aliados europeos y la insistencia en China como amenaza central no son episodios aislados, sino expresiones de una misma arquitectura estratégica.
Este artículo continúa y profundiza aquel planteamiento inicial. No para defender una figura política concreta, sino para analizar un cambio estructural en la forma en que las grandes potencias conciben hoy la soberanía, el territorio y el tiempo estratégico. La tesis central es clara: la geografía ha regresado al centro del poder, y con ella, una redefinición dura —pero coherente— de lo que significa controlar, defender y sostener el orden internacional en el siglo XXI.
II. Groenlandia no es una isla, es un problema
Durante décadas, Groenlandia fue percibida como un territorio remoto, casi anecdótico, asociado más a mapas escolares que a decisiones estratégicas. Sin embargo, en los últimos años —y de forma especialmente explícita en recientes declaraciones del presidente Donald J. Trump— Groenlandia ha pasado a ocupar un lugar central en el discurso de seguridad global.
Para muchos observadores, estas declaraciones resultan exageradas, incluso provocadoras. ¿Por qué un territorio escasamente poblado, bajo soberanía danesa desde hace siglos, se convierte de pronto en una pieza “sagrada” para la seguridad de Estados Unidos y del mundo?
La respuesta corta es esta: porque el mundo ha cambiado de forma más profunda de lo que la mayoría de los Estados ha sido capaz de asumir.
Las grandes potencias ya no compiten únicamente por influencia política o prestigio diplomático. Compiten por rutas, por ángulos, por posiciones desde las cuales se puede defender o negar el acceso al espacio, al comercio y a la movilidad militar. En ese nuevo tablero, Groenlandia deja de ser un territorio periférico y pasa a ser un nodo estratégico.
Lo que está en juego no es una compra inmobiliaria ni una disputa simbólica entre aliados. Lo que está en juego es si las rutas emergentes del Ártico, los sistemas defensivos de nueva generación y la arquitectura de seguridad occidental estarán controlados por actores capaces de sostenerlos… o quedarán expuestos a potencias rivales que sí comprenden su valor.
Desde esta perspectiva, las amenazas de aranceles, las referencias a China y Rusia, y la insistencia en la incapacidad europea para defender ciertos territorios no son exabruptos aislados. Son señales de un cambio doctrinal profundo: el paso de una geopolítica basada en acuerdos formales a una geopolítica basada en capacidad real.
III. Soberanía formal vs. soberanía real
Para entender por qué Groenlandia se ha convertido en un punto de fricción geopolítica, es necesario detenerse en un concepto que durante décadas fue suavizado por la diplomacia, pero que nunca desapareció del pensamiento estratégico: la soberanía efectiva.
En términos formales, la soberanía se define por el reconocimiento jurídico de un Estado sobre un territorio. Es la soberanía de los tratados, de los mapas oficiales, de las banderas. Sin embargo, en la práctica histórica —especialmente en contextos de competencia entre grandes potencias— esta definición siempre fue insuficiente.
La historia demuestra una y otra vez que la soberanía que no puede defenderse, sostenerse y proyectarse es una soberanía frágil, y que, en escenarios de alta tensión estratégica, termina siendo cuestionada.
Desde esta perspectiva, no resulta sorprendente que actores como Estados Unidos comiencen a evaluar territorios no por su estatus legal, sino por su valor operativo real. La pregunta ya no es únicamente “¿a quién pertenece este territorio?”, sino:
- ¿Quién puede defenderlo de manera creíble?
- ¿Quién puede invertir y mantener infraestructura estratégica en él?
- ¿Quién puede integrarlo funcionalmente a un sistema de seguridad más amplio?
Cuando estas preguntas no tienen una respuesta clara, el territorio deja de ser un activo pasivo y se transforma en un riesgo sistémico.
Aquí es donde el discurso reciente sobre Groenlandia adquiere coherencia. El argumento no es que la soberanía danesa sea ilegítima en términos jurídicos, sino que no resulta suficiente en términos estratégicos frente a un escenario de competencia global con potencias como China y Rusia.
En otras palabras: el problema no es quién posee Groenlandia en el papel, sino quién puede garantizar que ese territorio no se convierta en una puerta de entrada, un punto de presión o una debilidad estructural en un conflicto futuro.
Este razonamiento puede resultar incómodo para quienes aún conciben el orden internacional como un sistema estático basado exclusivamente en normas y consensos. Sin embargo, en momentos de transición histórica —y el actual lo es— las normas tienden a subordinarse a la capacidad material.
La soberanía, en este contexto, deja de ser una declaración y vuelve a ser lo que siempre fue en su núcleo más duro: una función del poder real.
IV. Rutas, poder y control territorial
Para muchos lectores contemporáneos, la geopolítica parece una disciplina superada, reemplazada por la economía global, el derecho internacional o la interdependencia comercial. Sin embargo, cada vez que el sistema internacional entra en una fase de tensión estructural, la geopolítica reaparece con fuerza, recordando una verdad incómoda: la geografía nunca dejó de importar.
Las ideas que hoy resurgen en el debate sobre Groenlandia, el Ártico o las rutas marítimas no son nuevas. Fueron formuladas hace más de un siglo por pensadores que intentaron responder a una pregunta fundamental:
¿qué territorios, rutas o posiciones permiten a una potencia sostener el poder a largo plazo?
Uno de los primeros en hacerlo fue Alfred Thayer Mahan, quien a finales del siglo XIX sostuvo que el poder global dependía del control de las rutas marítimas. Para Mahan, no bastaba con tener un gran territorio o una gran población: quien dominaba los mares dominaba el comercio, y quien dominaba el comercio podía sostener una potencia global.
Décadas después, Halford Mackinder introdujo una visión complementaria desde el espacio terrestre. Su famosa teoría del heartland planteaba que el control del núcleo continental euroasiático otorgaba una ventaja decisiva frente a las potencias marítimas. En su formulación más conocida, Mackinder advertía que quien dominara Europa Oriental podría dominar el corazón del mundo, y desde allí proyectar poder global.
Sin embargo, fue Nicholas Spykman quien ofreció la síntesis más relevante para el mundo actual. Spykman observó que ni el control exclusivo del mar ni el dominio absoluto del continente eran suficientes. Lo decisivo era el control del rimland: las franjas costeras, los corredores, los bordes donde confluyen tierra y mar, comercio y defensa.
Desde esta perspectiva, el poder no se concentra en un punto único, sino en rutas críticas y cuellos de botella. Canales, estrechos, pasos marítimos, archipiélagos y zonas de transición se convierten en los verdaderos nodos del sistema internacional.
Esta lógica explica por qué territorios aparentemente secundarios adquieren un valor desproporcionado en determinados momentos históricos. No porque sean grandes o poblados, sino porque conectan, bloquean o redirigen flujos: de mercancías, de energía, de información o de fuerzas militares.
Groenlandia encaja perfectamente en esta tradición. No es un heartland, ni una potencia naval en sí misma. Es un territorio de borde, una pieza del rimland ártico que conecta América del Norte con Europa y Eurasia, y que adquiere un valor estratégico creciente a medida que el Ártico deja de ser una barrera natural y se convierte en una vía de circulación.
Desde la geopolítica clásica, entonces, el interés estadounidense por Groenlandia no resulta extraño ni improvisado. Responde a una lógica conocida: asegurar los corredores antes de que lo hagan otros.
V. Rutas árticas, tecnología y geometría del poder
La diferencia fundamental entre la geopolítica clásica y la geopolítica del siglo XXI no está en sus principios, sino en la naturaleza de los medios. Las rutas siguen importando, los cuellos de botella siguen existiendo y la geografía continúa condicionando el poder. Lo que ha cambiado es que el territorio ya no es solo espacio: es parte activa de sistemas tecnológicos complejos.
Durante gran parte del siglo XX, el Ártico funcionó como una barrera natural. El hielo, el clima extremo y la falta de infraestructura lo convertían en un espacio marginal desde el punto de vista operativo. Hoy, esa realidad está desapareciendo. El deshielo progresivo y el desarrollo tecnológico han transformado al Ártico en una zona de tránsito emergente, tanto para el comercio como para la proyección militar.
Este cambio altera profundamente el equilibrio estratégico global. Las rutas árticas reducen tiempos de navegación entre Asia, Europa y América del Norte, modifican la lógica de los estrechos tradicionales y abren nuevas posibilidades de despliegue para submarinos, sensores y sistemas de alerta temprana. En este nuevo escenario, controlar el Ártico equivale a controlar una capa superior del sistema mundial de movilidad.
Aquí es donde Groenlandia deja definitivamente de ser un territorio pasivo y se convierte en un componente técnico del poder. Su posición geográfica no solo permite vigilar rutas marítimas emergentes, sino también integrar sistemas de defensa aérea, antimisiles y de detección avanzada. En otras palabras, el territorio ya no es únicamente el escenario donde se instalan los sistemas: es una parte funcional del sistema mismo.
Este punto es crucial para entender referencias aparentemente abstractas, como la mención al “Golden Dome” en discursos recientes de líderes estadounidenses. Los sistemas defensivos modernos —tanto ofensivos como defensivos— dependen de ángulos, distancias, curvatura terrestre, tiempos de respuesta y cobertura sensorial. No pueden diseñarse en el vacío. Requieren territorios específicos para alcanzar su máxima eficacia.
Desde esta perspectiva, la soberanía adquiere una dimensión nueva. No se trata solo de quién gobierna un territorio, sino de quién puede integrarlo coherentemente a una arquitectura tecnológica de seguridad. Un territorio mal defendido o infrautilizado no es neutral: es una vulnerabilidad que otros actores pueden explotar.
En un mundo de competencia sistémica, ningún gran poder puede permitirse que nodos críticos de su entorno estratégico queden fuera de su control funcional. La lógica ya no es expansiva en el sentido clásico, sino preventiva y estructural: asegurar que el sistema funcione antes de que sea puesto a prueba.
VI. El adversario sistémico y el reloj estratégico
Una vez comprendida la transición hacia la soberanía efectiva, la lógica de rutas y la integración tecnológica del territorio, queda una pregunta central:
¿para qué se está reorganizando el tablero ahora?
La respuesta es incómoda para muchos análisis tradicionales: el principal adversario estratégico de Estados Unidos ya no es Rusia, sino China. No porque Rusia haya dejado de ser relevante, sino porque China representa un desafío sistémico, no meramente regional.
Rusia actúa como potencia disruptiva: desestabiliza, presiona, aprovecha vacíos. China, en cambio, construye: infraestructura, cadenas de suministro, rutas alternativas, capacidades industriales y tecnológicas. Su estrategia no busca el choque inmediato, sino modificar las condiciones estructurales del sistema internacional hasta que el equilibrio le resulte favorable.
Este es el punto donde el factor tiempo se vuelve decisivo.
A diferencia de conflictos anteriores, la competencia entre Estados Unidos y China no gira en torno a una fecha exacta, sino a una ventana estratégica. Y dentro de esa ventana, Taiwán ocupa un lugar central.
Desde hace años, el liderazgo chino ha señalado de manera explícita que la “reunificación” con Taiwán no es una cuestión abierta indefinidamente. Más allá de la retórica, lo relevante es que esa declaración introduce un horizonte temporal concreto en la planificación estratégica. No se trata solo de intención política, sino de sincronización industrial, tecnológica y militar.
Para Estados Unidos, este dato altera por completo la lógica de la disuasión clásica. Esperar a que el conflicto estalle para reaccionar ya no es una opción razonable. En un escenario donde China haya asegurado rutas, recursos, apoyos logísticos y capacidad de movilización sostenida, la respuesta tardía sería estructuralmente desventajosa.
Aquí emerge con claridad la doctrina del “antes”:
- Antes de que China pueda proyectar fuerza de manera sostenida.
- Antes de que consolide corredores alternativos.
- Antes de que convierta la interdependencia económica en dependencia estratégica.
Desde esta óptica, las acciones estadounidenses no buscan provocar el conflicto, sino reducir el espacio de maniobra del adversario. Aislar recursos críticos, asegurar rutas clave y neutralizar vacíos estratégicos no es escalada: es preparación estructural.
La clave no es impedir que China actúe mañana, sino garantizar que, si actúa, no pueda hacerlo en condiciones favorables.
VII. Cuando la economía reemplaza al cañón
Una vez identificados el adversario sistémico, el factor tiempo y la centralidad del territorio como sistema, Groenlandia aparece no como una excepción, sino como un caso modelo de la nueva lógica de poder.
La propuesta de adquisición, acompañada de amenazas explícitas de aranceles, no debe interpretarse como una negociación comercial tradicional. Se trata de coerción estratégica sin guerra, un mecanismo diseñado para modificar comportamientos estatales sin recurrir al uso directo de la fuerza.
Desde esta perspectiva, los aranceles anunciados por Donald J. Trump cumplen una función precisa:
no castigar económicamente, sino reintroducir el costo de una soberanía que no se ejerce efectivamente.
Durante décadas, países europeos —entre ellos Dinamarca— han disfrutado de un orden internacional donde la seguridad era, en gran medida, externalizada. La defensa del Atlántico Norte, la disuasión nuclear y la estabilidad del sistema fueron sostenidas en buena parte por recursos, tecnología y presencia militar estadounidense.
En ese contexto, Groenlandia pudo permanecer como un territorio formalmente soberano, pero estratégicamente subatendido. Esa situación dejó de ser aceptable cuando el entorno global pasó de la cooperación relativa a la competencia sistémica.
La coerción económica actúa aquí como sustituto funcional de la guerra. En lugar de ocupar, se presiona. En lugar de imponer por la fuerza, se reconfiguran incentivos. El mensaje es claro:
si un territorio es crítico para la seguridad global, no puede quedar sujeto a una soberanía que no pueda sostenerlo.
Este enfoque no busca humillar aliados ni destruir acuerdos. Busca cerrar vacíos. En un sistema donde China y Rusia exploran activamente puntos de entrada, ambigüedades territoriales y zonas grises, la indefinición se convierte en riesgo.
Groenlandia, en este sentido, no es el objetivo final, sino el precedente. Marca el punto en el cual la soberanía simbólica deja paso a la soberanía logística, y donde la economía se transforma en herramienta de alineamiento estratégico.
VIII. Cuando la historia vuelve a cobrar sus deudas
Durante gran parte del período posterior a la Guerra Fría, se instaló la idea de que la geografía había perdido relevancia. El comercio global, las instituciones multilaterales y la interdependencia económica parecían haber domesticado al conflicto. El mapa seguía ahí, pero muchos actuaban como si ya no importara.
Ese supuesto fue siempre frágil.
La historia muestra que cada vez que el sistema internacional entra en una fase de competencia estructural, la geografía regresa al centro del escenario. No como nostalgia académica, sino como límite físico. Rutas, distancias, cuellos de botella y posiciones dominantes vuelven a imponer condiciones que ningún discurso puede eludir.
Lo que hoy observamos —desde Groenlandia hasta el Ártico, desde Taiwán hasta los corredores energéticos— no es una anomalía, sino una reversión a reglas más antiguas, actualizadas por la tecnología. El territorio no ha dejado de importar; simplemente había sido temporalmente amortiguado por un orden que ya no existe.
En este contexto, la doctrina del “antes” no es agresiva ni excepcional. Es una respuesta racional a un entorno donde esperar equivale a ceder ventaja estructural. Las grandes potencias no se preparan para la guerra porque la deseen, sino porque entienden que llegar tarde a ella suele ser peor que intentar evitarla mediante la anticipación.
El error más costoso, históricamente, no ha sido la acción preventiva, sino la negación prolongada. Imperios, Estados y alianzas han caído no por falta de normas, sino por insistir en marcos mentales que ya no correspondían a la realidad material.
Groenlandia, en este sentido, no es el centro del mundo. Es el síntoma. Señala el punto en el que la soberanía simbólica, la ambigüedad estratégica y la dependencia de terceros dejan de ser sostenibles. Marca el momento en que la geografía vuelve a cobrar su deuda.
Entender esto a tiempo no garantiza estabilidad. Ignorarlo, en cambio, casi siempre garantiza el conflicto en peores condiciones.
IX. Nota del autor
Este artículo no nace desde la neutralidad política. Nace desde una convicción.
Estoy plenamente identificado con la política exterior impulsada por el gobierno del presidente Donald J. Trump, no por razones partidarias, sino porque considero que ha sido una de las pocas aproximaciones contemporáneas que reconocen sin eufemismos la naturaleza real del sistema internacional: competitivo, geográfico y condicionado por el poder efectivo.
La llamada doctrina del “antes” —anticipar, cerrar rutas, reducir vulnerabilidades estructurales y actuar antes de que el conflicto sea inevitable— no me parece una anomalía ni una excentricidad, sino una respuesta racional a un escenario de competencia sistémica con potencias como China. Frente a un adversario que planifica a largo plazo, espera pacientemente y acumula capacidades estructurales, la pasividad estratégica no es prudencia: es negligencia.
Asumir esta posición no implica desconocer los costos, las tensiones ni las controversias que genera. Implica, simplemente, no autoengañarse. La historia demuestra que los Estados que se niegan a ver el mundo tal como es, y prefieren refugiarse en formalismos o narrativas confortables, suelen pagar ese error con pérdida de soberanía, influencia o estabilidad.
Este texto, por tanto, no pretende agradar a todos. Pretende decir lo que muchos analistas piensan pero pocos se animan a formular con claridad: que la geografía ha regresado, que el tiempo estratégico se ha acelerado y que anticiparse no es una agresión, sino una forma de supervivencia en un mundo que ya dejó atrás la ilusión del orden permanente.
X. Bibliografía comentada
Geopolítica clásica
- The Influence of Sea Power upon History — Alfred Thayer Mahan
- ➝ Obra fundacional sobre el poder marítimo y el control de las rutas comerciales y estratégicas como base de la influencia global.
- Democratic Ideals and Reality — Halford J. Mackinder
- ➝ Introduce el concepto de heartland, situando el poder terrestre y Eurasia como núcleo de la competencia estratégica global.
- America’s Strategy in World Politics — Nicholas J. Spykman
- ➝ Desarrolla la teoría del rimland, clave para comprender las zonas costeras, los corredores estratégicos y regiones como Groenlandia y el Ártico.
Estrategia y disuasión
- The Sources of Soviet Conduct — George F. Kennan
- ➝ Formulación clásica de la teoría de la contención, antecedente histórico directo de las actuales estrategias de anticipación.
- Arms and Influence — Thomas C. Schelling
- ➝ Analiza la disuasión, la coerción y el uso del poder sin guerra abierta, fundamental para entender los mecanismos de presión económica y estratégica.
China y competencia sistémica
- U.S. Department of Defense, Indo-Pacific Strategy Reports
- ➝ Marco estratégico oficial que define a China como un desafiante sistémico y establece las prioridades estadounidenses en el Indo-Pacífico.
- The Long Game — Rush Doshi
- ➝ Estudia la estrategia china de largo plazo orientada a la acumulación de poder estructural dentro del sistema internacional.
Ártico, tecnología y soberanía
- Arctic Doom, Arctic Boom — Barry Scott Zellen
- ➝ Examina el Ártico como una frontera estratégica emergente, moldeada por el cambio climático, la tecnología y la rivalidad entre grandes potencias.
- Council on Foreign Relations, informes sobre rutas y seguridad en el Ártico
- ➝ Análisis contemporáneo del creciente valor geopolítico del Ártico, con énfasis en corredores marítimos, seguridad y soberanía.

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