Sin embargo, la historia criminal demuestra que esa ecuación no siempre funciona de manera tan sencilla.
Existen casos documentados en los que la persona que posteriormente aparece ante la sociedad como víctima conocía de antemano la agresión, participó en su planificación, la consintió o incluso contribuyó directamente a construir la escena que después sería presentada como un ataque real e inesperado.
Son los que podríamos denominar atentados consensuados.
La expresión puede parecer contradictoria, pero describe un fenómeno concreto: la agresión existe materialmente, puede haber armas, disparos, sangre y heridas verdaderas, pero detrás de aquella escena existe algún grado de conocimiento, coordinación o consentimiento de quien posteriormente aparece como víctima.
Y allí cambia todo.
Porque una cosa es determinar quién disparó y otra muy diferente descubrir quién construyó el hecho, para qué lo hizo y quién esperaba beneficiarse después.
Las motivaciones pueden ser extraordinariamente diversas. Algunas personas han organizado ataques contra sí mismas para cobrar seguros. Otras lo hicieron para incriminar a enemigos personales. También existen casos relacionados con notoriedad pública, simpatía, reconocimiento profesional o incluso beneficio político.
Lo verdaderamente interesante es que en todos ellos aparece un mismo elemento: la condición de víctima deja de ser solamente una consecuencia del hecho y se convierte en parte del objetivo buscado.
Alex Murdaugh: cuando la víctima contrata su propio atentado
Uno de los ejemplos más conocidos ocurrió en Estados Unidos en 2021 y tuvo como protagonista al abogado Alex Murdaugh.
Murdaugh pertenecía a una poderosa familia vinculada durante décadas al sistema judicial de Carolina del Sur. En medio del derrumbe de su vida personal y financiera, coordinó con un tercero un supuesto ataque contra sí mismo en una carretera.
La intención era que aquel hombre le disparara y lo matara.
Su muerte debía parecer consecuencia de un crimen cometido por otra persona, permitiendo que su hijo recibiera aproximadamente diez millones de dólares provenientes de un seguro de vida.
El plan contenía todos los elementos de un atentado aparentemente auténtico: un arma real, un ejecutor real, un disparo real y una víctima real.
Pero también existía algo que el observador externo no podía ver: el acuerdo previo entre víctima y agresor.
Murdaugh sobrevivió porque el disparo no produjo el resultado esperado. Más tarde reconoció su participación en el plan.
El caso resulta particularmente ilustrativo porque demuestra que la materialidad de una agresión no revela necesariamente su verdadera naturaleza. Si el disparo hubiese provocado su muerte y nadie hubiese descubierto el acuerdo previo, probablemente durante algún tiempo habría sido considerado simplemente víctima de un homicidio.
La escena habría sido verdadera.
La interpretación habría sido falsa.
John J. Donovan Sr.: convertirse en víctima para fabricar un culpable
Algo todavía más extraño ocurrió años antes con John J. Donovan Sr., empresario y antiguo profesor del MIT, quien mantenía una fuerte disputa patrimonial con su propio hijo.
Donovan aseguró haber sido víctima de un ataque ejecutado por hombres armados y señaló directamente a su hijo como responsable intelectual.
La historia era extraordinariamente grave: un padre aparentemente atacado por orden de su propio descendiente en medio de una disputa económica.
Pero la investigación terminó reconstruyendo una realidad completamente diferente.
Donovan había montado la escena y se había disparado a sí mismo.
En este caso, la finalidad ya no era cobrar un seguro. La condición de víctima era utilizada como una herramienta para transformar a otra persona en supuesto victimario.
La lógica era particularmente sofisticada: si alguien consigue aparecer públicamente como víctima de un crimen, puede conseguir que sobre otra persona recaiga inmediatamente la sospecha, el rechazo social e incluso una investigación penal.
Por eso los atentados consensuados no deben analizarse solamente como fraudes materiales. En determinadas circunstancias pueden convertirse en instrumentos de manipulación judicial, mediática o social.
Mike Martin: cuando la victimización puede convertirse en capital político
La historia política también registra episodios de este tipo.
En 1981, el legislador estadounidense Mike Martin apareció herido después de un supuesto ataque con escopeta. Inicialmente el episodio fue interpretado como lo que parecía: un atentado contra un representante político.
La investigación tomó posteriormente un rumbo inesperado cuando su propio primo afirmó haber participado en la preparación del ataque como parte de una maniobra destinada a generar publicidad y simpatía.
Martin negó haber organizado el tiroteo, pero el escándalo terminó destruyendo su carrera política y obligándolo a abandonar su banca.
El episodio plantea una pregunta particularmente incómoda:
¿puede la condición de víctima convertirse también en una forma de capital político?
La respuesta no resulta difícil de imaginar.
Una agresión pública puede modificar en cuestión de horas la percepción sobre una persona. Quien hasta ayer era cuestionado puede convertirse inmediatamente en objeto de solidaridad. Sus adversarios pasan a encontrarse bajo sospecha. Los medios concentran su atención sobre él. Sus seguidores se cohesionan. Y cualquier conflicto previo comienza a ser interpretado bajo una nueva perspectiva.
En política, la victimización puede tener un enorme valor simbólico.
Thomas Mascia: fabricar un agresor inexistente
Pero el fenómeno no se limita a políticos o empresarios.
En 2024, el policía estatal de Nueva York Thomas Mascia aseguró haber sido baleado por un desconocido mientras trabajaba en una autopista.
La denuncia generó una movilización policial y la búsqueda de un supuesto atacante.
Sin embargo, la investigación descubrió posteriormente que Mascia había colocado previamente evidencia en el lugar y después se había disparado en una pierna antes de presentar el hecho como una agresión realizada por un tercero.
Finalmente se declaró culpable de diversos delitos relacionados con la fabricación del episodio.
Aquí aparece otra dimensión interesante: el beneficio esperado no siempre tiene que ser dinero.
- Puede ser reconocimiento.
- Puede ser admiración.
- Puede ser notoriedad.
- Puede ser simpatía.
- Puede ser la construcción de una imagen pública determinada.
Y precisamente por eso estos casos resultan tan difíciles de interpretar durante las primeras horas. La reacción humana natural ante una persona herida es solidarizarse con ella. Es lógico y probablemente correcto hacerlo.
El problema aparece cuando esa reacción emocional sustituye completamente a la investigación racional.
La escena puede ser verdadera y el relato puede ser falso
Una herida demuestra que ocurrió una agresión.
- No demuestra necesariamente cómo fue planificada.
Un disparo demuestra que alguien accionó un arma.
- No demuestra por sí mismo quién ordenó hacerlo.
La presencia de un autor material tampoco revela necesariamente quién escribió la historia completa.
Esa es quizá la característica más perturbadora de los atentados consensuados: la escena puede ser auténtica mientras el relato construido alrededor de ella es falso.
- Puede existir sangre verdadera.
- Puede existir una ambulancia.
- Puede existir un hospital.
- Puede existir un arma.
- Puede existir incluso una persona perfectamente identificada que ejecutó la agresión.
Y aun así quedar sin responder la pregunta fundamental: ¿actuó aquella persona contra la voluntad de la víctima o existía algún tipo de coordinación previa?
Por eso, analizar solamente la fotografía final del hecho puede ser profundamente engañoso.
Hay que reconstruir lo ocurrido hacia atrás.
¿Qué debe investigar realmente la justicia?
Cuando un atentado adquiere enorme repercusión pública, una investigación seria no debería limitarse únicamente a identificar al ejecutor material.
También debería reconstruir todo lo ocurrido antes.
- Quién escogió el lugar.
- Quién provocó el encuentro.
- Quién conocía previamente los movimientos de la víctima.
- Quién contactó a las personas involucradas.
- Qué comunicaciones existieron antes y después del ataque.
- Quién comenzó a construir públicamente una explicación apenas ocurrido el hecho.
- Y, especialmente, quién obtuvo después una ventaja económica, judicial, mediática o política.
Estas preguntas no implican afirmar que todo atentado sea un montaje. Sería absurdo.
La enorme mayoría de las víctimas de violencia son precisamente eso: víctimas.
Pero los casos históricos demuestran que tampoco es razonable descartar automáticamente la posibilidad contraria simplemente porque existan heridas reales.
En investigación criminal, la apariencia inicial nunca debería sustituir a la reconstrucción de los hechos.
La diferencia entre un atentado verdadero y un atentado consensuado no está necesariamente en la bala, el arma o la sangre.
Está en algo mucho menos visible:
el conocimiento previo y la voluntad.
Una víctima auténtica desconoce que será atacada.
- No elige al ejecutor.
- No participa en la planificación.
- No acuerda previamente la escena.
- No construye deliberadamente las condiciones destinadas a producir posteriormente su propia victimización.
Cuando alguno de esos elementos aparece, la lectura del hecho cambia radicalmente.
Y dependiendo de cada legislación pueden surgir figuras completamente diferentes: fraude, simulación de delito, denuncia falsa, manipulación de evidencia, participación criminal o incluso formas de cooperación al suicidio.
¿Quién escribió el guion?
Los atentados consensuados, por tanto, no pertenecen únicamente a las novelas policiales ni al terreno de las teorías extravagantes.
- Han existido.
- Han sido investigados.
- Han terminado en condenas.
- Algunos fueron organizados por dinero.
- Otros para incriminar enemigos.
- Otros para conseguir reconocimiento.
- Y otros para modificar completamente la percepción pública de un conflicto.
La lección que dejan todos ellos es bastante sencilla: ante un acontecimiento de enorme impacto público, quizá convenga conservar durante algún tiempo una pequeña dosis de prudencia.
Porque la existencia de una herida demuestra que ocurrió algo.
- Pero no necesariamente demuestra quién construyó toda la historia alrededor de ella.
Por eso, cuando aparezca un atentado acompañado inmediatamente de acusaciones, repercusión mediática y consecuencias públicas evidentes, puede resultar legítimo hacerse algunas preguntas antes de aceptar definitivamente una determinada versión.
¿Quién sabía?.
¿Quién coordinó?.
¿Quién se benefició?.
¿Quién tenía algo que ganar?.
Y, finalmente, quizá la pregunta más incómoda de todas:
¿Quién escribió el guion?